Monday, April 21, 2008

Sodoma, Gomorra y un meteorito

Según el Antiguo Testamento, las ciudades de Sodoma y Gomorra fueron destruidas por Dios como castigo por su querencia al pecado y las perversiones. Ahora, un grupo de científicos de la Universidad de Bristol ha afirmado que, en realidad, estas dos ciudades fueron diezmadas por un meteorito que, según sus cálculos, cayó en esta región de Oriente Próximo 3.100 años antes del presunto nacimiento de Jesucristo. Los especialistas han obtenido esta conclusión estudiando parte de una tablilla de arcilla (en la fotografía) que actualmente se exhibe en una de las salas del Museo Británico. El objeto, rescatado en el siglo XIX de las ruinas del palacio de Nínive por el arqueólogo victoriano Henry Layard, está fechado en el año 700 antes de Cristo e incluye un texto escrito en caracteres cuneiformes. Hasta el momento nadie lo había podido descifrar, pero ahora, los científicos Alan Bond, director de una compañía espacial, y Mark Hempsell, profesor de aeronáutica de la Universidad de Bristol, han conseguido entender que la tabilla en cuestión es la reproducción asiria del texto de un astrónomo sumerio escrito del cuarto milenio antes de Cristo. En este texto se explicaría que “algo con fuego” cayó del cielo creando gran dolor, destrucción y muerte.

Obviamente, esto no demuestra la destrucción de Sodoma y Gomorra por un meteorito, pero sí parece confirmar que las numerosas leyendas apocalípticas que múltiples culturas y religiones incluyen en sus tradiciones y que se sitúan por aquella época bien pudieran estar sustentadas sobre un hecho, extraordinario, pero absolutamente natural. También resulta relevante el hecho de que si el Antiguo Testamento, tal y como demuestran los estudios más actuales, fue escrito unos setecientos años antes del nacimiento de Jesucristo, la narración oral de aquella catástrofe sin parangón se mantuvo en el tiempo con una fuerza inusitada de casi 2.000 años, los que van desde la presunto fecha del gran desastre (- 3.000) hasta el posible comienzo del relato bíblico en -700.

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El libro del papa Benedicto XVI sobre la figura de Jesucristo se publicará en España el próximo mes de septiembre

La editorial Rizzoli, encargada de la Libreria Editrice Vaticana de la venta de los derechos del libro en todo el mundo, ante la aparición del libro en Italia, hizo público un comunicado de prensa en el que señala que el trabajo del Papa “es la primera parte de una obra de dos volúmenes que examina la vida pública de Cristo, desde el bautismo en el Jordán hasta la Transfiguración”. Según se añade desde la casa editorial, “se trata por una parte de un relato pastoral que a través de un comentario a los Evangelios ofrece una introducción a los principios del cristianismo”.

Según el comunicado, “la preocupación pastoral y la excepcional doctrina teológica del Papa se unen para determinar el tema central de la obra: la convicción de que para entender la figura de Jesucristo es necesario partir de su unión con el Padre”. A este respecto “el método histórico-crítico es indispensable para una exégesis seria y ha puesto a disposición una gran cantidad de material y conocimientos que permiten reconstruir la figura de Jesús con una profundidad que hasta hace pocas décadas era difícil de imaginar, pero solo la fe puede hacernos comprender que Jesús es Dios y si a la luz de esta convicción se leen los textos sacros con los instrumentos facilitados por el método histórico-crítico (…) nos revelan (…) un camino y una figura dignos de fe”. “Para Ratzinger” -prosigue el comunicado- “fe e investigación crítica son complementarias y no antagonistas y el Jesús de los Evangelios es el Jesús histórico.”.

La nota añade que en esta primera parte de su libro, “basándose en el hecho de la estrecha unidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento y valiéndose de la hermenéutica cristológica que ve en Jesucristo la clave de toda la Biblia”, Joseph Ratzinger presenta al Jesús de los Evangelios como “el nuevo Moisés” que cumple las antiguas esperanzas de Israel. Este nuevo y verdadero Moisés debe conducir al Pueblo de Dios hacia la verdadera y definitiva libertad” y “lo lleva a cabo con pasos sucesivos que, no obstante, dejan siempre entrever el plan de Dios en su totalidad”. En este sentido “la inmersión de Jesús en las aguas del Jordán es símbolo de su muerte y su descenso a los infiernos”, una realidad presente a lo largo de su vida. “Para salvar a la humanidad (…) debe vencer las tentaciones principales que amenazan, de diversas formas, a los hombres de todos los tiempos y transformándolas en obediencia, reabrir el camino hacia Dios, hacia la Tierra prometida que es el Reino de Dios”.

Esperamos con interés la publicación de este libro que, en España, correrá a cargo de la editorial “La Esfera de los Libros”.

 

La Biblia desenterrada

“La Biblia desenterrada”, editado en España por Siglo XXI, es el nuevo libro de los arqueólogos Israel Finkelstein y Neil Asher Silberman, y en el mismo estos especialistas tratan de responder a una pregunta fundamental: ¿narra la Biblia hechos que las investigaciones históricas y arqueológicas han podido contrastar?.

Escrito con un estilo sencillo y sumamente eficaz, este ensayo es una auténtica joya porque únicamente está construido con lo que muchos echamos en falta en los análisis religiosos: ciencia, razonamiento lógico y sentido común. Más allá de los mitos, por encima de las parábolas, dejando a un lado las pasiones místicas y excavando en el siempre proceloso terreno de las creencias espirituales y de los ardores religiosos para dejar al descubierto la esencia simple de los acontecimientos, Finkelstein y Silberman ha construido un texto modélico y referencial clave para el estudio tanto del judaísmo como del cristianismo.

Es importante destacar que Israel Finkelstein es Director del Instituto de Arqueología de la Universidad de Tel Aviv y que, por su parte, Neil Asher Silberman es autor de varios trabajos sobre los rollos del Mar Muerto y sobre arqueología bíblica. Ambos autores han escrito con profusión sobre la historia antigua de Israel. Como decimos, “La Biblia desenterrada” es un libro excepcional que impactará, sorprenderá y, sobre todo, responderá al lector en preguntas tan trascendentales como, entre otras, las siguientes: ¿qué sabemos de la época de los grandes patriarcas?, ¿cuándo surgió el monoteísmo?, ¿hasta dónde se extendió el reino de David y Salomon?.

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Respetamos al Jesús de la fe, pero seguimos buscando al Jesús histórico

No he podido leer todavía el libro que el Papa Benedicto XVI acaba de dedicar a Jesús de Nazaret pero, en principio, lo que me resulta más llamativo es que el Sumo Pontífice haya querido dedicar la primera de sus publicaciones desde que fue nombrado sucesor de Pedro a la figura de quien es la piedra angular de la Iglesia. Ciertamente, hay que valorar en su justa medida la valentía del Santo Padre a la hora de enfrentarse intelectualmente a la figura de Cristo en un momento en el que los estudios acerca del “Jesús histórico” y del “Jesús de la fe” cada vez son menos compatibles y, sobre todo, en un momento histórico en el se está cuestionando como nunca en el pasado la existencia de Jesucristo.

Según parece, la obra del teólogo Joseph Ratzinger no se adentra en estas cuestiones, pero lo que sí parece claro es que este trabajo es lo más cerca que ha estado nunca un Papa de analizar con cierto rigor el mito de Jesucristo. En mi opinión, y según lo que he podido saber del nuevo libro papal, y aún cuando reconozco el esfuerzo intelectual realizado por Benedicto XVI por aproximarse de un modo más o menos aséptico a la que, sin duda, es una de las cuestiones más polémicas de las que actualmente afectan al cuerpo doctrinal de la Iglesia Católica, el trabajo en cuestión nace sesgado por un planteamiento erróneo y por una contradicción irresoluble.

El planteamiento erróneo es que según ha señalado el propio Ratzinger, su estudio de la figura de Jesucristo parte de la veracidad absoluta de los evangelios y, como ya hemos visto en otros textos de este blog Orígenes Cristianos, considerar los evangelios como si éstos fueran libros de historia es algo que solamente pueda hacerse si se tiene muy poco respeto por el análisis histórico o si se está convencido de que la fe en una creencia, en una doctrina o en una religión otorga a quien la posee una capacidad especial para analizar teóricamente los fundamentos de este pensamiento. De hecho, el mismo Papa, y aquí radica la grave contradicción que antes mencionábamos, admite que su interpretación requiere de la fe y es en este punto donde el libro del prelado pierde la mayor parte de su valor como documento de verdad importante para entender los orígenes y el desarrollo de la principal religión del mundo. Si para aceptar lo que dice Benedicto XVI en su libro sobre la figura de Jesucristo es indefectiblemente necesario asumir doctrinalmente lo que la Iglesia Católica considera que es algo incuestionable, el trabajo del Papa tendrá mucho valor para los cristianos pero, desde luego, será muy poco importante para quienes pensamos que el cristianismo hay que estudiarlo como una de las elaboraciones culturales más grandiosas y sofisticadas de la humanidad y que es necesario revisarlo despojándole en sus principales apartados de todos aquellos aspectos que hagan referencia a cuestiones relacionadas con las opiniones, las creencias o la fe de las personas.

En este sentido, y hasta el momento, lo único cierto es que no existe un “Jesucristo histórico”, que es el que nos interesa a quienes creemos más en las ciencias que en la creencias y que, por el contrario, sí que existe un “Jesús de la fe” que muchos respetamos profundamente pero que, hasta el momento y en espera de posibles descubrimientos futuros o de investigaciones arqueológicas venideras, nada tiene que ver con la realidad.

Por si acaso, el presidente de la Conferencia Episcopal Española, Ricardo Blázquez, ya ha señalado, literalmente y en una advertencia que roza la desvergüenza, que los Evangelios no pueden ser estudiados por personas y profesionales ajenos a Iglesia ya que, según sus palabras, “Sólo a la Iglesia confió Jesús su Evangelio”. De hecho, hace un año la Conferencia Episcopal Española publicó una Instrucción Pastoral en la que, bajo el título de “Teología y secularización en España. A los cuarenta años de la clausura del Concilio Vaticano II”, se afirma, sin sonrojo y con el tono afectado y pomposo que caracteriza a los escritos de la curia, lo siguiente: “En algunas ocasiones los textos bíblicos se estudian e interpretan como si se tratara de meros textos de la Antigüedad. Incluso se emplean métodos en los que se excluye sistemáticamente la posibilidad de la Revelación, del milagro o de la intervención de Dios. En lugar de integrar las aportaciones de la historia, de la filología y de otros instrumentos científicos con la fe y la Tradición de la Iglesia, frecuentemente se presenta como problemática la interpretación eclesial y se la considera ajena, cuando no opuesta, a la exégesis científica. El olvido de la inspiración y del canon de la Sagrada Escritura, como si se tratara de principios irrelevantes para la auténtica comprensión del texto sagrado, no deja de constituir una grave preocupación. El problema no radica en la utilización de los recursos de la filología o de todos los datos que la investigación nos ofrece, sino de aquellos presupuestos filosóficos e ideológicos de los métodos, que resultan incompatibles con la confesión de Cristo, centro de las Escrituras. Dichos métodos son muy útiles y necesarios dentro de su ámbito, pero no pueden tener, por su propia naturaleza, la última palabra en la comprensión de un texto bíblico cuyo elemento determinante es la inspiración. Sería algo semejante a querer comprender la persona e identidad de Cristo prescindiendo de su carácter divino, y, además, presentar tal comprensión como una conclusión científica. La consecuencia de una errónea exégesis es que la Escritura deja de ser el alma de la teología, y no puede fundamentar ni la catequesis, ni la liturgia, ni la predicación, ni la vida moral cristiana, ni la piedad de los fieles”.

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El yacimiento romano de Veleia podría interrogar sobre la evolución del cristianismo primitivo

Los lectores interesados en la arqueología y la historia antigua habrán escuchado hablar, sin duda alguna, de los yacimientos arqueológicos romanos de Iruña-Veleia. Esta zona de excavaciones, situada a 10 kilómetros de Vitoria (España), se ha convertido recientemente en protagonista de una intensa e interesantísima polémica por los hallazgos en ella realizados.
Fundamentalmente, la discusión académica está centrada en la aparición en esta antigua urbe romana, al parecer una de las más importantes del Imperio en la zona noroccidental de España, de un voluminoso lote de grafitos (inscripciones y dibujos grabados sobre diversos soportes) de carácter excepcional por los textos y temáticas en ellos representadas.
En principio, la noticia más importante que ha saltado a la luz pública, y que no ha tardado en generar un fuerte debate entre los especialistas, es el descubrimiento de que en estos grafitos pueden leerse diferentes palabras en euskera que, según la datación de los restos, habrían sido escritas alrededor del siglo III d. C. Esto significaría, y este es el hecho que ha levantado tanta expectación, que los grafitos hallados en Veleia con términos escritos en vascuence serían los más antiguos encontrados, adelantándose en 700 años a los ejemplos de escritura en euskera más antiguos conocidos hasta la fecha. Hay que tener en cuenta que los textos más antiguos que se conocen en euskera son unas pequeñas anotaciones de traducciones llamadas Glosas Emilianenses del siglo XI, halladas en el monasterio de San Millán de la Cogolla situado en La Rioja (donde también se encontraron los primeros escritos en lengua castellana), de las cuales la 31 y 42 son frases en euskera.
Pero más interesante aún para este Blog Orígenes Cristianos es que, entre los grafitos encontrados, se ha hallado el que, en principio, sería el calvario más antiguo descubierto hasta el momento. En este sentido, los descubrimientos de Veleia plantearían múltiples cuestiones fundamentales sobre el cristianismo primitivo:
1) Si quien primero asoció la idea de la cruz a la religión cristiana fue el emperador Constantino el Grande (272-337 d. C.), que previamente la había introducido en los estandartes de los ejércitos romanos, ¿cómo es posible que en los grafitos de Veleia, que según los estudiosos pertenecen al siglo III d.C, ya se halle representado un calvario de Jesucristo en la cruz?
2) ¿Tendrá este descubrimiento algo que ver con el hecho de que no existan pruebas de que los cristianos primitivos usaran la cruz en su adoración, aunque, por el contrario, sí existen datos fiables de que los romanos de la época utilizaran este símbolo?. Según The Companion Bible, “Estas cruces se usaban como símbolo del dios solar babilonio [...] y se ven por primera vez en una moneda de Julio César, 100-44 a. de J.C., y después en una moneda acuñada por el heredero de César (Augusto), en 20 a. de J.C.”. A veces se representaba a Baco, un dios de la naturaleza romano, llevando en la cabeza una cinta con varias cruces.
3) ¿Podría ser que lo que el cristianismo primigenio hizo fue adoptar a su tradición diferentes escenas de distintas tradiciones místicas y religiosas más antiguas e, incluso, con otros orígenes religiosos?. En este sentido, no podemos olvidar que son numerosas las fuentes académicas que explican que, por ejemplo, el símbolo de la cruz fue utilizado desde la antigüedad por hindúes y budistas en la India y en China, y también por otras culturas como los persas, asirios y babilonios”. La Chambers’s Encyclopaedia señala claramente que la cruz “era un emblema de significado religioso y místico mucho antes de la era cristiana”.
4) ¿Están mal datados los grafitos de Veleia?, ¿Son una falsificación posterior?.
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La inexistencia histórica de Jesucristo pone en guardia a la Iglesia contra el análisis y la investigación científica de los Evangelios

Recientemente, el presidente de la Conferencia Episcopal Española, Ricardo Blázquez, ha señalado, literalmente, que los Evangelios no pueden ser estudiados por personas y profesionales ajenos a Iglesia ya que, según sus palabras, “Sólo a la Iglesia confió Jesús su Evangelio”.
Hay que considerar estas declaraciones de Blázquez como algo más que un comentario marginal de respuesta a fenómenos culturales como “El Código da Vinci” o “El evangelio de Judas”, ya que el pasado mes de marzo la propia Conferencia Episcopal Española publicó una Instrucción Pastoral en la que, bajo el título de “Teología y secularización en España. A los cuarenta años de la clausura del Concilio Vaticano II”, se afirma, sin sonrojo y con el tono afectado y pomposo que caracteriza a los escritos de la curia, lo siguiente: “En algunas ocasiones los textos bíblicos se estudian e interpretan como si se tratara de meros textos de la Antigüedad. Incluso se emplean métodos en los que se excluye sistemáticamente la posibilidad de la Revelación, del milagro o de la intervención de Dios. En lugar de integrar las aportaciones de la historia, de la filología y de otros instrumentos científicos con la fe y la Tradición de la Iglesia, frecuentemente se presenta como problemática la interpretación eclesial y se la considera ajena, cuando no opuesta, a la exégesis científica. El olvido de la inspiración y del canon de la Sagrada Escritura, como si se tratara de principios irrelevantes para la auténtica comprensión del texto sagrado, no deja de constituir una grave preocupación. El problema no radica en la utilización de los recursos de la filología o de todos los datos que la investigación nos ofrece, sino de aquellos presupuestos filosóficos e ideológicos de los métodos, que resultan incompatibles con la confesión de Cristo, centro de las Escrituras. Dichos métodos son muy útiles y necesarios dentro de su ámbito, pero no pueden tener, por su propia naturaleza, la última palabra en la comprensión de un texto bíblico cuyo elemento determinante es la inspiración. Sería algo semejante a querer comprender la persona e identidad de Cristo prescindiendo de su carácter divino, y, además, presentar tal comprensión como una conclusión científica. La consecuencia de una errónea exégesis es que la Escritura deja de ser el alma de la teología, y no puede fundamentar ni la catequesis, ni la liturgia, ni la predicación, ni la vida moral cristiana, ni la piedad de los fieles”.
Con esta palabras, la Iglesia Católica vuelve a confundir la fe con la ciencia y vuelve a mezclar interesadamente, tal y como lo lleva haciendo desde hace veinte siglos, las creencias personales de los cristianos con la reflexión que cualquier ser humano puede hacer sobre cualquier aspecto de la cultura universal, dentro de la cual las religiones juegan un papel fundamental. La Iglesia Católica no es guardiana de los Evangelios, que son un producto literario y religioso de autoría hasta hoy desconocida, y, desde luego, mucho menos es depositaria única de una tradición cultural que nace mucho antes de que los primeros cristianos surgieran en Palestina hace 2.000 años. Al querer controlar férreamente cualquier interpretación científica de los Evangelios o de cualquier otro aspecto del cristianismo original lo que la Iglesia Católica desea es seguir manteniendo el poder para seguir configurando el mito según sus necesidades y para continuar influyendo en las conciencias más inocentes y menos reflexivas con mensajes que apelan a lo más irracional del ser humano, al credo, a las creencias o a la fe.
El cristianismo es, simplemente, una religión más de las muchas que hay en el mundo. Ciertamente, es una de las religiones mayoritarias en el planeta, junto el Islam, el judaísmo o el hinduismo, pero gran parte de sus libros sagrados, de sus mitos fundacionales y de sus acontecimientos de referencia provienen de una tradición cultural y religiosa común que se remonta en el tiempo varios milenios antes del presunto nacimiento de Jesucristo.
Desde un punto de vista racional, laico, secularizado y científico, los Evangelios son apenas un cúmulo de historias más o menos interesantes que, en el mejor de los casos, apenas tienen una tenue ligazón con la realidad histórica. Todo en el cristianismo está construido sobre la fe, sobre la creencia a ciegas o sobre la confianza en las interpretaciones dadas por quienes se han autonombrado portavoces de Dios en la Tierra. Ninguna de las principales referencias cristianas ha podido ser convalidada por las investigaciones históricas o arqueológicas. La misma figura de Jesucristo es, a la luz de la historia, poco más que un bello de relato literario y esto es, sin lugar a dudas, lo que despierta auténtico pavor en las jerarquías eclesiásticas.
El profesor canadiense Earl Doherty lo ha expresado muy claramente: “Es necesario examinar el profundo silencio sobre el Jesús de Nazareth evangélico que encontramos a lo largo de casi cien años de la más primitiva correspondencia cristiana. Ni una sola vez Pablo, o cualquier otro escritor de epístolas del primer siglo, identifica su divino Cristo Jesús con el hombre histórico reciente conocido por los evangelios. Tampoco le atribuyen las enseñanzas éticas que adjudican después a dicho hombre. Virtualmente, todos los otros detalles del cuadro del Jesús de los evangelios desaparecen de forma similar. Si Jesús fue un ‘reformador social’ cuyas enseñanzas dieron comienzo al movimiento cristiano, según lo presentan los académicos liberales de hoy, ¿cómo pudo perderse dicho Jesús de todas las epístolas del Nuevo Testamento de forma tan absoluta, dejando lugar sólo a un Cristo cósmico?”
Otro elemento que cuestiona profundamente la existencia histórica de Jesucristo es la casi total ausencia de referencias al personaje que se produce entre los escritores y las fuentes no cristianas de la época. Salvo algunas brevísimas reseñas siempre indirectas halladas en la obra de algunos historiadores romanos (Flavio Josefo, Tácito, Suetonio), y que en su mayor parte se han revelado como fruto de interpolaciones y manipulaciones posteriores, el mutismo sobre Jesucristo es absoluto en la obra de los más reconocidos historiadores del momento como, entre otros, Séneca, Petronio, Plutarco o Epicteto.
Si queremos acercarnos de verdad a los orígenes del cristianismo, debemos profundizar sin miedo, y sin prejuicios, en revisar profundamente la figura histórica de Jesucristo. Actualmente, y a la luz del conocimiento científico, el cristianismo presenta todos los visos de ser una religión que, como tantas otras y como fruto muy concreto de una sociedad y de un momento histórico determinado, nació de una poderosa fuerza mítica que unió retazos del judaísmo anterior, de las tradiciones religiosas mesopotámicas, del mitraísmo (una religión nacida en lo que hoy es Irak muy popular en la Roma de aquellos tiempos), del gnosticismo, de los dioses paganos romanos e, incluso, de ritos espirituales que se habían instalado en el Imperio llegados desde Oriente. Por esto, al final, al analizar los orígenes del cristianismo tendríamos siempre que recordar las palabras que el historiador Robert W. Funk, fundador y copresidente del prestigioso Seminario de Jesús, escribía hace algunos años: “Como historiador, no sé con certeza si Jesús realmente existió, si él es algo más que una quimera de algunas imaginaciones hiperactivas… Desde mi punto de vista, no hay nada acerca de Jesús de Nazaret que podamos conocer más allá de cualquier posible duda. (…) Y el Jesús que los eruditos han aislado en los antiguos evangelios, evangelios que están hinchados de la voluntad de creer, puede llegar a ser sólo otra imagen que únicamente refleja nuestros más profundos anhelos”.
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Antonio Machado y el cristianismo

El gran poeta Antonio Machado demostró ser también un auténtico filósofo. Aunque su obra ensayística no es tan conocida y, desde luego, se encuentra absolutamente eclipsada por su fuerza como uno de los grandes escritores líricos de la gran tradición literaria española, sus reflexiones sobre los más variados temas llaman la atención por su erudición y por su amplitud de miras. A continuación, adjunto algunas de las reflexiones que el autor de “Soledades” realizó sobre la figura de Jesús y el cristianismo.

“Por culpa de Aristóteles y, antes, de Platón, decía mi maestro, no ha habido una filosofía cristiana. ¿Por qué no habíamos de intentarla nosotros? Me refiero a una interpretación metafísica del hecho cristiano, a saber: la venida de Dios al mundo para salvarlo, su breve vida entre los hombres, su participación en el tiempo, horro todo ello, de ese magnífico, terrible andamiaje del intelectualismo helénico. Olvidemos esa gran catedral que es, al fin, la escolástica, cuya fábrica asombra y cuya belleza seduce. Y reflexionemos sobre el hecho cristiano, que nada tiene que ver con esa catedral y que es, infinitamente más bello.
Porque el hecho de que Dios haya venido al mundo, haya bajado al mundo, y tomándose el trabajo de nacer hombre, para darnos una breve lección de humanidad perfecta sin traspasar -y esta es la gracia- los límites de lo humano -los milagros y portentos del Cristo no añaden gran cosa a su figura- es algo, dentro de lo religioso, realmente original. Cuando se le compara al Cristo con el Buda, se comete un error bastante grosero. El Buda fue un príncipe que alcanzó la santidad o la sabiduría y fundó una religión atea, la del nirvana. Lejos de mi ánimo el negar su grandeza. Pero el hecho contrario tiene muy otra significación.”

(…)

“Porque o yo no entiendo nada de cristianismo, y soy uno de los muchos villamelones de la exégesis evangélica que andan por el mundo, o lo propio del Cristo no fue el dictar al hombre lecciones de humildad, sino de humanidad, mostrándole cómo Dios, él mismo Dios, puede ser hombre. Dicho de otro modo: cómo el hombre debe ser hombre para agradar al padre que como a tal hombre lo crió. Ahí va mi hijo, que él mismo os lo enseñe. Tal es, a mi entender, el más hondo sentido. Esta hazaña no pudo estar nunca reservada al Dios antitético, maestro inmóvil y pura inteligencia que se pensó a sí mismo: un Dios que nada ha creado y que no puede moverse ni ir a ninguna parte condenado a ser, porque en verdad no está en parte alguna.”
Nota: Estos textos han sido publicados en el diario El Pais, en su edición del día 29-05-2006.

Auschwitz

Benedicto XVI en Auschwitz: ‘¿Por qué, Señor, permaneciste callado?’

Buscando al Jesús histórico

Buscando datos sobre el Jesucristo histórico, me encuentro con esta afirmación de Harold Bloom en su libro, recientemente publicado, “Jesús y Yahvé” (En España, editado por Taurus). Transcribo textualmente una cita del gran crítico y pensador norteamericano. “La incesante búsqueda del Jesús histórico ha fracasado, en el sentido de que un número escaso de historiadores han conseguido mostrarnos algo más que reflexiones acerca de su propia fe o de su propio escepticismo. Al igual que Hamlet, Jesús es un espejo en el que nos vemos a nosotros mismos. La conciencia de la propia mortalidad parece dejarnos pocas opciones más. La culpa es irrelevante: ¿dónde, cómo podemos encontrar la supervivencia?. Jesús es, para el Nuevo Testamento griego, lo que Yahvé es para la Biblia hebrea Hamlet para la tragedia de Shakespeare que lleva ese título: el principio vital, el principio de la apoteosis, la esperanza de trascendencia.”

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Buscando una historia de las creencias religiosas

Estoy estudiando el artículo y el vídeo que publica National Geographic en su último número sobre el “Evangelio de Judas”. Iré comentando en este blog algunas de mis impresiones. Mientras tanto necesito cada vez más una buena historia general de las religiones que me ayude a situar los primeros años del cristianismo en un determinado momento de la evolución de las creencias religiosas y que, por otro lado, me sirva para establecer comparaciones, similitudes y diferencias entre unas tradiciones religiosas y otras.
He consultado la “Historia de las ideas y de las creencias religiosas” de Mircea Eliade (en castellano, Ediciones Cristiandad), pero necesitaría un manual que, sin abandonar el rigor y la exactitud, me resultara algo más accesible. Si tienen sugerencias sobre títulos de libros y publicaciones que se centren en las historia de las creencias religiosas pueden ponerse en contacto conmigo clicando aquí.
Muchas gracias por su colaboración y ayuda.
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El suicidio de Jesucristo

La presentación pública del Evangelio de Judas ha sido un acontecimiento para quienes tenemos cierto interés en investigar cualquier aspecto relacionado con los orígenes del cristianismo. En mi caso, ésta ha sido siempre una cuestión que me ha interesado sobremanera hasta el punto de que, en principio, y tal como se recoge en este Blog, tengo proyectado escribir mi próxima novela sobre este tema.
En este sentido, y para quienes dudamos intensamente de la historia que la Iglesia Católica nos ha contado sobre el nacimiento del cristianismo, el Evangelio de Judas no tiene mayor credibilidad que la de los evangelios canónicos, es decir, bastante escasa, pero sí que hay una cosa que me ha llamado especialmente la atención. Según el texto revelado por la National Geographic, sería el propio Jesucristo quien habría elegido a Judas Iscariote para que éste le denunciara y se pusiera en marcha el proceso que mataría al hombre físico y revelaría a Dios. Según lo que conocemos del texto, Cristo se habría dirigido a Judas diciendo lo siguiente: “Tú sacrificarás al hombre que me recubre”.
Indudablemente, y si esto fuera así, Jesucristo estaría pidiendo ayuda a Judas para suicidarse y éste habría cometido un acto de eutanasia.
Hoy, ambas cuestiones, la eutanasia y el suicidio, se encuentran absolutamente prohibidas por la Iglesia Católica.
Nota: Un interesante artículo sobre cómo se ha gestado la publicación del Evanegelio de Judas se encuentra en “Los Angeles Times” del pasado día 13 de abril. Si desean consultar este texto pueden clicar aquí.

El Evangelio de Judas y la hipocresía de la Iglesia Católica

Leo en La Gaceta de los Negocios (10-IV-2006, Pag 3) unas declaraciones de Francisco Varo, profesor agregado de Antiguo Testamento en la Universidad de Navarra y autor de “Rabí Jesús de Nazaret”, en las que el escriturista habla sobre el “Evangelio de Judas” que recientemente, tal y como ya hemos comentado en este post, ha hecho público la National Geographic.
Este reconocido miembro de la Iglesia dice lo siguiente: “Este texto (el “Evangelio de Judas”) no supone ningún problema para la fe cristiana. (…) Fue escrito, al menos, siglo y medio después de la muerte de Judas (…) Se conocen muchos (textos) parecidos desde hace mucho tiempo. Son textos de grupos marginales, que mezclan ideas de varias filosofías y religiones, y se apartaban tanto de lo realmente sucedido con Jesús que los cristianos de su tiempo no les concedían valor alguno”.
Curiosamente, lo que no explica Francisco Varo es que los Evangelios canónicos, reconocidos y autentificados por la Iglesia Católica, se encuentran en la misma situación, ya que también fueron escritos un par de siglos después de la muerte de Jesucristo y también mezclan ideas de varias filosofías y religiones, e, incluso, se roban reflexiones, dichos e ideas unos a otros. Hay no poca hipocresia en la forma de actuar de la Iglesia que se refleja en las palabras de Francisco Varo. En resumidas cuentas, vienen a decir lo siguiente: hay que aceptar los Evangelios canónicos porque lo dice la Iglesia, pero el resto de los textos son siempre falsos… al menos hasta que Roma considere que resulta necesario hacerlos canónicos y decida sumarlos a la doctrina oficial.
De cualquier modo, y para rematar bien la faena y para demostrar, más claramente si cabe, los escasos visos de verosimilitud histórica que se encierran en los Evangelios, sean éstos oficiales o marginales, Francisco Varo responde lo siguiente a la pregunta de si es importante que una persona conozca cómo y cuándo fueron escritos los Evangelios: “Es importante para una persona culta, pero no es decisivo. El cristianismo no es una ‘religión del libro’, el punto de referencia no es una letra escrita y muerta, sino la palabra de Dios viva, hecha hombre en Jesucristo. Para encontrar el sentido de la vida no hace falta saber papirología. En cambio, conocer a Jesucristo y tomarlo como punto de referencia sí que ayuda a ser feliz”.
Lo dicho: creer en Dios es, por supuesto, una cuestión de fe; creer que Jesucristo es el Señor es también una cuestión de fe; e, incluso, creer en la misma existencia de Jesucristo es también, según se trasluce de las declaraciones de Francisco Varo, una cuestión de fe, ya que el conocimiento de los únicos testimonios que hay sobre su vida, los Evangelios, “no es decisivo”.
Lo tendré en cuenta en mi trabajo: el cristianismo es una cuestión de fe.
Nada más.
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El Evangelio de Judas

La Sociedad National Geographic acaba de presentar en público la traducción de un papiro, descubierto en el desierto egipcio en 1978, que, al parecer, sería una copia de lo que hasta ahora se conocía como el “Evangelio de Judas”. El texto ahora reconstruido habría sido escrito, según los análisis realizados por los expertos, a finales del siglo III o a comienzos del siglo IV de nuestra era. El autor del mismo es desconocido, al igual que la autoría de los cuatro evangelios que la Iglesia Católica considera como canónicos y que conforan el cuerpo central del Nuevo Testamento.
La posible existencia de este Evangelio, no reconocida por la Iglesia Católica, ha sido muy discutida durante mucho tiempo. La única referencia que se tenía del mismo era una hecha por el obispo Irineo de Lyon en el año 180, en su tratado ‘Contra la herejía’, pero hasta ahora nadie sabía lo que decía. Al parecer, el libro, de 28 páginas en su versión en inglés, comienza así: “El relato secreto de la revelación que Jesús hizo en conversaciones con Judas Iscariote durante una semana antes de que celebrasen la Pascua”.
Según los investigadores de la Sociedad National Geographic, el “Evangelio de Judas” presenta a Judas Iscariote como uno de los apóstoles más apreciados por Jesucristo y, por ello, él habría sido el encargado de llevar a cabo una de las misiones más difíciles. Según los primeros datos que se conocen del texto ahora hecho público, en el mismo Jesús le dice a a Judas: “Tú superarás a todos ellos (al resto de los apóstoles). Tú sacrificarás al hombre que me recubre”.
Curiosamente, la aparición de este presunto nuevo Evangelio coincide con la existencia dentro de la Iglesia de una fuerte campaña para rehabilitar la figura de Judas. Según informaban recientemente periódicos como “El País” o “The Times”, alguien como Brandmuller, director del Comité Pontifical de Ciencia Histórica, estaría instando a sus colegas vaticanos a volver a repasar la historia de Judas. En esta pretensión contaría con el apoyo del escritor especializado en temas católicos Vittorio Messori, cercano tanto al anterior papa, Juan Pablo II, como al actual, Benedicto XVI. Expertos en el estudio de la Biblia estarían considerando que Judas fue “víctima de un libelo teológico que ayudó a crear el antisemitismo”, generando a su alrededor la imagen de un “villano siniestro” dispuesto a la traición a cambio de dinero. De cualquier modo, voces más conservadoras dentro del alto clero vaticano, como la del teólogo Giovanni D’Ercole, se han mostrado muy críticas con esta posible conversión de Judas en un referente positivo: “Es peligroso”, dice D’Ercole, “revisar el papel de Judas y ensuciar la narración de los Evangelios con textos apócrifos. Podría generar confusión entre los creyentes”.
Personalmente pienso que, más allá de la importancia que tenga el hallazgo de este posible texto para la Iglesia Católica, las grandes preguntas, los interrogantes más importantes, siguen sin responderse: ¿Qué aporta al verdadero conocimiento de Jesucristo un texto que, en el mejor de los casos, fue escrito 300 años después de su muerte?, ¿Por qué los especialistas de la Sociedad National Geographic no dicen también que no se conoce al autor del texto y que antes de hacer pública la reconstrucción del mismo ya se lo habían mostrado a altos representantes de la Iglesia Católica?, ¿Por qué la Sociedad National Geographic no se limita a dar a conocer los datos científicos, que indican que este texto es, muy posiblemente, copia y traducción de otro más antiguo?, ¿Cómo una organización como la National Geographic, que promueve la investigación y el estudio científico, asume sin cuestionar un hecho tan improbable, mítico, fabulador y alegórico como la resurrección de Jesucristo?. En definitiva, ¿qué puede aportar, al igual que las otras varias decenas de evangelios existentes, al conocimiento histórico del cristianismo original, este nuevo texto cargado de parábolas, fábulas y metáforas?.
Algún día nos lo tendrá que decir la Sociedad National Geographic, la misma a la que no se puede negar su excelente labor investigadora en campos como la geografía, la arqueología, la paleontología, la botánica o la biología, pero a la que también, por ejemplo, y dicho sea de paso, se le podría pedir un apoyo más firme al darwinismo (única éxplicación científica coherente a la evolución humana) en la lucha que mantiene en Estados Unidos contra los poderosos baluartes creacionistas.

Michel Onfray

De una entrevista que hace unos días ha aparecido en el suplemento “Babelia” de El Pais (18-III-2006) con el filósofo francés Michel Onfray, recojo unas reflexiones que, en mi opinión, pueden resultar muy interesantes para entender lo que ha supuesto para la historia de occidente en particuar, y del mundo en general, que el cristianismo primitivo acabara imponiéndose como la religión oficial del Imperio Romano y que, como consecuencia, extendiera su influencia a lo largo de los siglos.
Textualmente, Michel Onfray, autor de un “Tratado de Ateología” recién traducido al castellano, dice lo siguiente:
“La sociedad sigue siendo cristiana, incluso en el campo de la filosofía: Hay una filosofía dominante, la que aparece en las historias oficiales, la que se aprende en clase. Una filosofía idealista, platónica, espiritualista, cristiana. En ella se integran Platón, Descartes y Kant sin dificultad (…). Y hay otra tradición filosófica, que yo enseño. Estoy escribiendo dos volúmenes que aparecerán muy pronto. Se trata de una filosofía hedonista, sensualista, materialista, empírica, cínica (…). Hay que hacer una filosofía popular. Que todo hombre tenga acceso a la conciencia, que haya debates reales, explicando las diversas posiciones para que puedan elegir. Poder decir: he ahí un filósofo cristiano, tomista, musulmán, ateo. Y debatir para que cada persona pueda pensar por sí misma y sacar sus propias conclusiones”.
“El padre de este ‘mal’ es Pablo de Tarso, a quien ve como el inspirador de la misoginia cristiana, del odio al cuerpo y al deseo porque, dice, ‘era impotente’. Para su conversión no tiene palabras menores. fue pura histeria. Yo no calumnio a Pablo de Tarso. Es él quien habla de sí mismo, quien se pronuncia contra el deseo. Él aborda el pensamiento desde su biografía. Yo sólo analizo lo que cuenta y veo que su conversión es una conversión histérica. Es un diagnóstico, no un insulto. No es insultar a alguien decir que tiene una enfermedad. Lo grave de Pablo es que su neurosis se convirtió en una neurosis planetaria”.
Indudablemente, palabras para la reflexión, aunque también para la polémica.
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Jesucristo: El origen del mito

Tiene razón el teólogo español Rafael Aguirre cuando reclama que los cristianos vuelvan a efectuar una lectura en profundidad de los textos que se encuentran en el origen de su religión. Efectivamente, es necesario que el mundo cristiano en general, y la iglesia católica en particular, repasen los principios sobre los que se asientan sus creencias, pero, sobre todo, más importante sería que desde ámbitos laicos de la sociedad se indagara, se investigara y se profundizara, desde un punto de vista científico e histórico, en el que sin duda es uno de los aspectos más importantes sobre los que se asienta nuestra civilización: la figura de Jesucristo.
Desde un punto de vista secularizado, cualquier religión solamente es una elaboración cultural más de las muchas que comenzaron a nacer en el momento fundacional en el que los seres humanos abandonaron las cuevas de la prehistoria para hacerse primero agricultores y posteriormente ganaderos. Las creencias religiosas han conformado civilizaciones, han definido movimientos migratorios, han levantado imperios y han dado luz a múltiples Estados, pero, por encima de todo esto, las grandes religiones monoteístas, y especialmente la cristiana, han configurado la tradición política, social cultural e, incluso, económica de Occidente durante casi dos mil años. En este sentido, la figura de Jesucristo adquiere una dimensión máxima que no ha alcanzado ninguna otra en la historia de la humanidad y, por lo tanto, investigar, conocer, revisar y analizar el carácter histórico de quien es el Hijo de Dios para más de 2.100 millones de personas en todo el mundo adquiere una trascendencia fundamental a la que, fuera de muy determinados y concretos ámbitos universitarios, no se ha prestado demasiada atención.
No podemos olvidar que la presunta biografía de Jesucristo, desde su nacimiento en una cueva de la ciudad de Belén (¿Nazaret?) hasta su muerte en la cruz, se construye básicamente sobre el Nuevo Testamento que, en su versión canónica, está formado esencialmente por los Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Actualmente, la mayor parte de los expertos en historia de las religiones, filosofía antigua y lingüística que investigan el cristianismo primitivo coinciden en señalar que los evangelios fueron escritos, en el mejor de los casos, entre 70 y 120 años después de la presunta muerte de Jesucristo por varias personas (no necesariamente por “Mateo”, “Marcos”, “Lucas” y “Juan”) y que, desde luego, ninguno de los autores de los mismos había tenido ningún contacto directo con la figura de Jesús.
Los evangelios, escritos tras la destrucción de Jerusalén, se crearon con el objetivo básico de poner en práctica un pionero apostolado y conseguir fieles entre los judíos, los romanos y los gentiles de la época y, por ello, son textos literarios repletos de elementos mágicos, apariciones, sucesos asombrosos, milagros y acontecimientos inexplicables que eran muy del gusto de aquellos tiempos. Pero, ¿qué sabemos de los primeros cien años de cristianismo antes de que se diera a conocer el primero de los evangelios, el de Marcos?, ¿Qué conocemos, desde un punto de vista histórico, de lo que ocurrió en los años más próximos a la presunta existencia histórica de Jesús?
El primer siglo de cristianismo que se refleja, por ejemplo, en las Cartas de Pablo se resume en la aparición de un silencio ensordecedor alrededor de la figura histórica de Jesucristo. No hay detalles en estos escritos sobre su nacimiento, su estirpe, su vida, sus enseñanzas, su doctrina o su muerte. Para Pablo, decir Jesucristo era decir Dios, una entidad deífica y divina que habitaba en el Reino de los Cielos y que era el Ser Supremo, pero en las cartas paulinas apenas se hace mención a un Jesucristo de carne y hueso que protagonizara todos los sucesos, humanos y divinos, que se le adjudican en los evangelios. El profesor canadiense Earl Doherty lo ha expresado muy claramente: “Es necesario examinar el profundo silencio sobre el Jesús de Nazareth evangélico que encontramos a lo largo de casi cien años de la más primitiva correspondencia cristiana. Ni una sola vez Pablo, o cualquier otro escritor de epístolas del primer siglo, identifica su divino Cristo Jesús con el hombre histórico reciente conocido por los evangelios. Tampoco le atribuyen las enseñanzas éticas que adjudican después a dicho hombre. Virtualmente, todos los otros detalles del cuadro del Jesús de los evangelios desaparecen de forma similar. Si Jesús fue un ‘reformador social’ cuyas enseñanzas dieron comienzo al movimiento cristiano, según lo presentan los académicos liberales de hoy, ¿cómo pudo perderse dicho Jesús de todas las epístolas del Nuevo Testamento de forma tan absoluta, dejando lugar sólo a un Cristo cósmico?”
Otro elemento que podría cuestionar la existencia histórica de Jesucristo es la casi total ausencia de referencias al personaje que se produce entre los escritores y las fuentes no cristianas de la época. Salvo algunas brevísimas reseñas siempre indirectas halladas en la obra de algunos historiadores romanos (Flavio Josefo, Tácito, Suetonio), y que en su mayor parte se han revelado como fruto de interpolaciones y manipulaciones posteriores, el mutismo sobre Jesucristo es absoluto en la obra de los más reconocidos historiadores del momento como, entre otros, Séneca, Petronio, Plutarco o Epicteto. Si queremos acercarnos de verdad a los orígenes del cristianismo, debemos profundizar sin miedo, y sin prejuicios, en revisar profundamente la figura histórica de Jesucristo. Actualmente, y a la luz del conocimiento científico, el cristianismo presenta todos los visos de ser una religión que, como tantas otras y como fruto muy concreto de una sociedad y de un momento histórico determinado, nació de una poderosa fuerza mítica que unió retazos del judaísmo anterior, de las tradiciones religiosas mesopotámicas, del mitraísmo (una religión nacida en lo que hoy es Irak muy popular en la Roma de aquellos tiempos), del gnosticismo, de los dioses paganos romanos e, incluso, de ritos espirituales que se habían instalado en el Imperio llegados desde Oriente. Por esto, al final, al analizar los orígenes del cristianismo tendríamos siempre que recordar las palabras que el historiador Robert W. Funk, fundador y copresidente del Seminario de Jesús, escribía hace algunos años: “Como historiador, no sé con certeza si Jesús realmente existió, si él es algo más que una quimera de algunas imaginaciones hiperactivas… Desde mi punto de vista, no hay nada acerca de Jesús de Nazaret que podamos conocer más allá de cualquier posible duda. (…) Y el Jesús que los eruditos han aislado en los antiguos evangelios, evangelios que están hinchados de la voluntad de creer, puede llegar a ser sólo otra imagen que únicamente refleja nuestros más profundos anhelos”.

“Muy Historia” y la figura de Jesucristo

La revista “Muy Historia” dedica su último número (el 4) a la figura de Jesucristo y a diferentes aspectos del cristianismo primitivo. Como suele ocurrir con todos los productos de editoriales de “Muy” (“Muy Interesante”, etc.) los contenidos están tratados superficialmente y presentados de una forma excelente.
Bajo mi punto de vista, la información que se ofrece en la revista es sesgada y muy parcial, sobre todo porque realiza una presentación de la figura de Jesucristo que se construye fundamentalmente partiendo de fuentes católicas. De hecho, hay una entrevista especialmente destacada que se presenta bajo el título de “Me parece irresponsable negar la existencia histórica de Jesús”… pero, claro, es que el entrevistado es un sacerdote católico, “experto en teología”, llamado Armand Puig.
En fin, lo comento porque este número de “Muy Historia” puede ayudar a todos aquellos que, partiendo de presupuestos católicos, quieran echar un viztazo muy somero pero entretenido a los primeros momentos históricos del cristianismo.

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